MINI-AVANCE DEL LIBRO



El autor

Igual o muy similar razonamiento siguió la cúpula militar de la Comandancia general de Cataluña. Pero, al contrario que en la Generalitat, la cosa no quedó ahí. El Comandante Jefe de la Tercera Subinspección del Ejército, perfectamente consciente de la situación y de sus responsabilidades, decidió que era su deber restaurar el orden constitucional. Y en consecuencia, tras consultarlo con su Estado Mayor, resolvió la oportunidad de enviar, en un vehículo correctamente pertrechado y perfectamente identificable, un nuevo mensaje de ultimátum al presidente del Gobierno Autónomo de Cataluña para que cumpliera su obligación legal de acatar la Constitución, ya que en caso contrario se verían obligados a intervenir.

La indignada respuesta de la Generalitat no se hizo esperar. Ya que no disponían de otras fuerzas, el President, en contra de sus propios criterios, resolvió enviar a la sede de la Capitanía General un destacamento de GEI todo lo fuertemente armado que era posible acompañando a un nuevo emisario, esta vez un alto cargo del departamento de interior, con la exigencia de que los militares depusieran su actitud, entregaran las armas y abandonaran el cuartel. Los mossos bloquearon de inmediato el Paseo de Colón y tomaron posiciones con aire beligerante en la Plaza del Portal de la Pau, haciendo caso omiso de la referencia pacifista del lugar, y rodearon el espléndido edificio del antiguo Convento de la Merced. A continuación, y considerablemente escoltado, el jefe de del Grupo Especial de Intervención se dirigió a la entrada principal, donde un sargento de guardia le informó que, cumpliendo órdenes estrictas no se permitía a nadie el acceso al interior, ni siquiera al representante del gobierno de la Generalitat. Ante tal negativa, retrocedió unos metros y desde el borde de la acera frente a la puerta principal, solicitó a uno de sus hombres un megáfono y a continuación lanzó a gritos por éste su mensaje de ultimátum en dirección a los ventanales cerrados del Salón del Trono.

El despliegue de fuerzas y la información que puntualmente suministraban los medios de información catalanes, con la ayuda inestimable de los modernos sistemas de convocatoria a través de mensajes con el teléfono móvil, hicieron que numerosos partidarios del autoproclamado estado catalán se fueran congregando en las proximidades del Palacio de Capitanía, y como ocurre habitualmente en estos casos, los comentarios en voz baja dieron paso a otros en voz más alta y más subida de tono, y al poco se dejaron oír los primeros gritos e insultos contra los militares. Lo que en principio no debió pasar de un lamentable espectáculo, se convirtió primero en una provocación y más tarde, con la incorporación de elementos más radicales y antisistema, en un intento de asalto popular a las instalaciones de la antigua Capitanía General de Barcelona. Tal vez fue la única vez que pudo contemplarse, para sorpresa de muchos, a mossos y alborotadores compartiendo el mismo lado de la escena de violencia que estaba a punto de explotar si nadie lo evitaba. Tras los gritos y las primeras pedradas, los militares optaron sabiamente por retirar hacia el interior a los soldados que hacían guardia, y cerrar las puertas, sin responder de ningún modo a las provocaciones. Confiaban en que la sensatez de los mandos de los antidisturbios se impusiera y no tuviesen la atroz idea de lazarse a un asalto imposible y peligroso. La tensión subió cuando el responsable de las fuerzas de orden público de la Generalitat se dirigió, en catalán naturalmente, y de nuevo megáfono en mano, al Comandante militar de Barcelona para requerirle el desalojo del palacio, como si de echar a los okupas de un edificio abandonado se tratara. Tras unos instantes de silencio, la voz del Comandante, asimismo por megafonía, dio la respuesta al requerimiento: El ejército sólo abandonaría las instalaciones militares por una orden directa del jefe supremo de las fuerzas armadas. Además, advertía que los ataques de cualquier tipo contra dichas instalaciones se considerarían un acto de rebelión y podrían ser repelidas con el uso de la fuerza, por lo que exigía que los mossos se retiraran de las inmediaciones del acuartelamiento y que se desalojaran éstas por el personal civil.

La intervención fue contestada con un enorme griterío de insultos y amenazas de los congregados, que lamentaban a las claras no disponer de una docena de tanques Leopard para lanzarse al ataque y acabar con aquél grupo de traidores y españolistas. Los del GEI permanecieron inmóviles en sus posiciones, a la espera de una orden en cualquier sentido. El Jefe Operativo, con el megáfono agarrado como si le fuera en ello la vida, no sabía qué demonios hacer. Las instrucciones del President en persona eran claras, pero no había forma de cumplirlas, o al menos no había forma de cumplirlas sin arriesgarse a una carnicería. Su formación militar le hacía comprender que el propósito de la Generalitat era vano, y que los soldados no abandonarían las instalaciones en ningún caso, y menos a la fuerza.